frente a la oscuridad, de un abismo
no puedo dejar de mirar el abismo. Yisbeidi Pérez Laguna
He decidido tal vez después de varios meses, sentarme a recibir la visita de la urgencia por escribir. A veces, mantener la puerta cerrada se hace imposición de la velocidad social en la que me veo bailando y otras veces, traspasada, empujada, codeada por rostros, cuerpos, bocas, sin ojos, sin tiempo para aprender a demorarse.
De todas formas, esta noche no era para dormir. Si ya se me acabaron las excusas para evitarme, si ya no puedo escuchar a nadie que no sea esta pregunta oscura, profunda y mía.
Es marzo y también año de elecciones a congreso y presidencia en el país, (esto lo escribo justo un día antes de las elecciones a congreso y la consulta presidencial) es marzo en todo mi cuerpo, es un tiempo demoledor, trato de sostenerme firme mientras camino en puntitas y descalza. Me exijo ser cuidadosa, intento ver con dos y más ojos, no quiero una historia única de nada, ya me tomé mi café con Chimamanda y me sujete sus palabras a mi mano izquierda, no sé si pueda recuperar algún paraíso, sólo quiero garantizar la posibilidad esperanzadora.
Giro mi rostro, una y otra vez. Intento ver el instante último, inútilmente pienso que me gustaría quedarme allí, que no deseo ir tan deprisa.
Y entonces, se me aparece el abismo.
Este libro precioso de Pilar Quintana, que en una semana me desligo el alma, me hizo niña de 8 años sufriendo, me entristeció de nuevo sentir el dolor de mi madre, la ternura resignada de mi abuela, el deseo pecador que hizo impuras e infelices a mis tías y a todas las mujeres que me han rodeado. Constreñidas bajo el discurso del amor, la familia, los hijos, silencian sus cuerpos, están a disposición de las y los otros siempre, cuidan, cuidan, cuidan y no paran de cuidar, nunca alguien las quiere cuidar. Mujeres mías, CUIDADORAS, me duelen hoy en todo el cuerpo. Mamita, Abue, Tías, Primas, Hermana mía, no quiero más este hastío de vivir por todas, porque también duelo por todas.
Tengo conversaciones pendientes, después de cerrar el libro me quedo pensando en que Claudia tenía una gran muñeca para contarle sus confusiones, entonces, soy Claudia. Me imagino llorando desconsoladamente porque las mujeres sufren, porque mi mamá tal vez muchas veces se cansó de vivir y siento como su cansancio se profundiza, se oscurece. Al igual que Claudia mamá en los abismos, juntas tienen buena mano para las plantas. Mi mamá se ha ido por varios meses de casa, las plantas murieron. “Siempre pensé que la selva eran los muertos (yo diría las muertes) de mi mamá. Sus muertes renacidas” 1
También fui Claudia a los 8 años, durante toda mi vida. He caminando con un hombre siempre en silencio, una figura de padre ausente, un eco del vacío afectivo. Al silencio poderoso, ese que no significa ausencia, lo sostiene la mirada. No existe ningún recuerdo de ser vista a los ojos con tiempo. Pienso en las matas muertas en casa, siento pena con mi madre, no cuide de sus matas, cómo voy a cuidar algún día de ella, pensar en eso me avergüenza.
¿Vos les hablás y les ponés música?
¿A las matas? – Mi mamá soltó una risita burlona – Claro que no.
“Por más que les limpiara las hojas una por una y se pusiera en cuclillas para arrancarles las malezas y removerles la tierra, sus cuidados eran fríos, lo mismo que se frota un adorno de bronce para que brille.” 1
También me incomoda pensar en tantas relaciones, dolorosa y frívolas que establecemos entre mujeres, entre hijas y madres, entre ausencias y dolores distribuidos.
Ella se tiró sola.
Terrible.
Ella estaba cansada de las obligaciones.
Eligió la ruta más peligrosa y no frenó en esa curva.
Estaba cansada de las obligaciones – repitió.1
¿Cuántas veces las mujeres como mi madre, mi abuela, mis tías, se han cansado? ¿Cuántas veces, ignoran su cansancio por mi existencia? Tal vez, es mi tristeza profunda un tejido largo de tristezas heredadas, por supuesto es la carga histórica de las anulaciones y los silencios. Claro, también es marzo, la energía de piscis, mi profundo deseo de ternura, mi ombligo cortado por mi abuela y sus manos en este mundo. ¡Mujeres abismos! Veo en los ojos de todas las mujeres: abismos, caídas, silencios, agotamiento. “Pensé en las mujeres muertas. Asomarse a un precipicio era mirar en sus ojos. Miré a mi mamá, que estaba inclinada como yo hacia el abismo.” 1
De nuevo vuelvo para leer en mi mano izquierda que “Las historias importan, muchas historias importan”2 y pienso entonces, que todas deberían saberlo, hay que decirlo a todas las mujeres, contarles que lo escribió y lo dijo Chimamanda, que sus historias también son parte de la mía. Que es necesario narrar y escuchar sus historias en sus voces, que se tomen ese poder legítimo que ha estado en manos de otros siempre. “Poder es la capacidad no solo de contar la historia de otra persona, sino de convertirla en la historia definitiva de dicha persona.” 2 que nadie cuente una única historia, que somos muchas historias en movimiento, que nos encontramos en algunos tiempos, y que surgimos de historias muchas.
Los ojos de mi abuela, el abismo que más me seduce. Los ojos de mi sobrina, en los que no quisiera ver jamás, que se va formando un abismo. Entonces, al igual que se vio Claudia en los Abismos, me encuentro… “Yo, sin nada más que mi cuerpo, ante un despeñadero de verdad.”1 Auscultando miedos, aguantando la respiración, viendo los abismos de las otras, y caminando lento para no caer por descuido, en el propio. Trato de no perderlo de vista.
“Cuando la tristeza se me mete en el cuerpo yo trato de hacer que se vaya, te lo juro.”1
“El viento de la tarde entró por las ventanas, la selva despertó de su quietud y en el apartamento, a pesar de mi mamá, se hizo una fiesta”1
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